Así fueron médicamente las 18 horas de la Pasión de Jesucristo

Autor: Enzo Argüelles | 5 abril, 2021
Tiempo de lectura: 9 minutos

Llevamos 21 siglos leyendo o escuchando del durísimo tormento que sufrió Jesucristo en la cruz, según los testimonios que narran los Evangelios.

Sudó sangre, recibió aterradores latigazos, numerosos golpes, un durísimo camino hacia el Monte Calvario y la crucifixión.

Torturas sucesivas que duraron unas 18 horas y que podremos comprender mejor si analizamos lo que los médicos son capaces de traducir convirtiendo al personaje histórico en paciente.

¿Por qué suda sangre? ¿Qué se siente? ¿Qué provoca en el cuerpo? Y así con cada uno de los pasajes.

La palabra crucifixión viene del latín crux, crucis, que significa cruz, y figere que significa fijar. Fue inventada por los persas unos 300 o 400 años antes de nacer Jesucristo, y está considerada una de las muertes más dolorosas inventadas jamás.

Un sufrimiento lento y doloroso que Cicerón definió como el castigo más cruel y abominable, y que estaba reservada para los esclavos, los extranjeros, los revolucionarios, y los peores criminales.

Jesucristo, según los relatos evangélicos, se enfrentó a un martirio de unas 18 horas. Las que van desde más o menos las 21 horas del Jueves Santo hasta las tres de la tarde del Viernes Santo.

Una cena con muchos nutrientes

Para todo este tiempo, Jesús preparó su cuerpo con una cena pascual de la que conocemos el contenido porque la ley judía describe aún hoy como debe hacerse.

Era una comida muy completa que consistía en verduras amargas, cordero asado, pan ácimo y, en este caso al menos, acompañado de un poco de vino y agua.

Una cena con un buen aporte de azúcares, aminoácidos, grasas, fibra, minerales y vitaminas, muy adecuada para cubrir las demandas de nutrientes que su organismo iba a necesitar en las siguientes horas de agonía y dolor.

Pero los médicos que han estudiado la situación del momento, a la luz de lo escrito, consideran probable que la fuerte descarga nerviosa de las horas posteriores le impidiera una digestión normal y una absorción completa de los nutrientes debido a una probable vasoconstricción.

Esta situación podría haberle producido una satisfactoria sensación de estómago lleno, en los primeros momentos, pero pasado un poco más de tiempo lo más probable es que esa sensación se convertiese en desagradables náuseas y vómitos.

¿Se puede sudar sangre?

Tras la cena llega la conocida escena de El Huerto de los Olivos, Getsemaní por su nombre original.

Allí cuenta el Evangelio de San Lucas, y sólo el suyo, ya que era el médico del grupo, que Jesucristo sudó sangre.

¿Por qué? ¿Es eso posible?

Desde luego no es un acontecimiento médico corriente, pero sí que es posible.

Se trata de un fenómeno perfectamente documentado por la medicina que se puede producir cando alguien atraviesa un estado tan alto de estrés que dispara la presión y provoca una congestión de los vasos sanguíneos de la cara.

Explicado con más detalle podemos empezar por decir que el sentimiento de angustia provoca cambios bioquímicos importantes en nuestras células.

El organismo libera en los riñones (glándulas suprarrenales) lo que habitualmente se conoce como hormonas del estrés, que son la adrenalina y la noradrelina.

La noradrelina hace que se aceleren tanto las pulsaciones del corazón como la concentración de glucosa en sangre.

La adrenalina, también llamada epinefrina, actúa sobre los vasos sanguíneos de la piel:

  • Lo primero que hace es que se contraigan, lo que provocaría en Jesucristo una importante palidez.
  • Pero muy pronto hacen el efecto contrario, y esos mismos vasos se dilatan provocando el enrojecimiento de la piel.

Esos fuertes cambios, de contracción a dilatación, hacen que los vasos sanguíneos se rompan y provocan pequeñas hemorragias en los capilares situados al lado de las glándulas sudoríparas. La sangre entonces se mezcla con el sudor y sale por los poros de la piel.

Es lo que médicamente se llama hematohidrosis ó hemohidrosis, y según algunos expertos, en esta fase del Huerto de los Olivos Jesucristo habría perdido entre 150 y 200 ml de líquidos corporales.

Una cifra que tiene un importante significado para todo lo que irá ocurriendo a continuación.

Primero porque esa pérdida de sangre desencadena en el cuerpo de Jesús un alto consumo de carbohidratos, fundamentalmente glucosa. Y cuando ésta se agota, cosa que ocurre pronto, el cuerpo pasa a consumir las proteínas.

¿Qué pasa entonces? Pues que el cuerpo estimula la redistribución de líquido, y el paciente comienza a hincharse a la vez que la piel se hace más frágil, sensible y vulnerable a cualquier trauma.

Primeros golpes

Si hacemos caso a la narración de la película de La Pasión, inspirada en las visiones de la beata Ana Catalina Emerich (con h y no con k, como le gustaba decir a ella) nada más ser arrestado y durante su traslado ya recibe numerosos golpes.

Pero si nos centramos en el relato evangélico, que es el que los cristianos dan por bueno, los traumatismos físicos no le llegaron a Jesucristo hasta el momento en el que lo llevaron ante el Sanedrín.

A partir de eso momento, y ayudado por la situación que le había supuesto la hematohidrosis, lo más probables es que todos estos golpes hubiesen provocado una inmediata hinchazón y un desarrollo muy rápido de hematomas que le desfigurasen la cara.

La flagelación

Hay muchas teorías sobre cómo debió ser y cuáles habrían sido los instrumentos empleados por los romanos para esa tortura, ya que tenían una amplia variedad de instrumentos.

Pero no vamos a entrar en disquisiciones. Centraremos el análisis médico en lo que serían las consecuencias de los golpes de una flagelación que, se supone, se producirían con un flagelo.

El ‘flagelum’ era un látigo corto formado habitualmente por tres correas pesadas de cuero, con dos bolas pequeñas de plomo y piedras o huesos de animal en las puntas de cada una.

Se golpeaba con él en los hombros, la espalda y las piernas del condenado, y si el castigo se hizo siguiendo las leyes de los judíos, habrán sido entre 30 y 40 golpes.

Médicamente, las correas habrían comenzado provocando cortes superficiales en la piel. Pero con los siguientes golpes, cuando volvían a impactar las correas sobre el mismo lugar, los cortes irían siendo más profundos, alcanzarían el tejido subcutáneo y romperían vasos capilares y venas de la piel.

En ese momento comenzaría sangrar. Y en los siguientes golpes las correas se ‘clavarían’ hasta los músculos, rompiendo sus vasos y provocando un chorreo de sangre arterial.

Al margen de las consecuencias físicas directas, la situación le provocaría una altísima situación de estrés y un enorme dolor que estimularían la producción de adrenalina.

En este momento se produciría una nueva redistribución de líquido, sudoración abundante en la cara y una vasodilatación en los músculos, que ayudaría a incrementar el volumen de sangrado.

Las bolas pequeñas de plomo comenzarían por producir moratones grandes y profundos que, al igual que ocurría con las correas, se irían abriendo y destrozando la espalda hasta dejarla en carne viva.

En cuanto a los golpes de los huesos y las piedras, irían desgarrando la piel y dejando al aire algunos trozos de músculos y costillas.

Médicamente entraría dentro de los probable que durante el castigo Jesucristo hubiese podido perder el conocimiento varias veces debido al intensísimo dolor.

Ecce Homo

Después de la flagelación y las múltiples pequeñas heridas inciso contusas provocadas por la corona de espinas, el cuadro médico de Jesucristo cuando Pilato lo presenta al pueblo tendría, más o menos, los siguientes síntomas:

  • Tendría una gran debilidad y estaría encogido y doblado por la fuerte descarga nerviosa.
  • Lo más probable es que estuviese temblando y tiritando por el intenso dolor, el frío y una fiebre alta que se produce cuando se pierde mucha sangre.
  • Por la misma causa tendría una sed intensa, la saliva pastosa, la lengua seca y los labios agrietados.
  • Sufriría también un fuerte dolor de cabeza tensional, con insuficiencia cardíaca y arritmias provocadas por el alto nivel de potasio en sangre, así como dificultades respiratorias por un más que probable derrame pulmonar producto de los latigazos.

Crucifixión

La forma de la cruz es un tema discutido, pero no es del caso, ya que medicamente no habría una gran diferencia fisiológica entre cualquiera de los tres modelos.

La medicina se vale para este análisis de los hallazgos arqueológicos que indican que le habrían clavado primero los brazos al travesaño de la cruz, que sería la parte que Jesucristo llevó a cuestas y que pesaría algo más de 30 kilos.

También se conocen históricamente los clavos, que eran largos, en forma de pirámide cuadrangular y con una base también cuadrada que hacía el ‘trabajo’ de retención o tope.

¿Cómo lo clavaron a la cruz?

Pese a que la mayoría de los crucifijos que se ven en las iglesias cristianas tienen al Cristo clavado por las palmas de las manos, la medicina considera que sólo es posible que lo hubiesen clavado por las muñecas.

Concretamente el clavo entraría entre el radio y los huesos del carpo. Un punto sencillo de localizar y en el que no se produce ninguna fractura.

Pero como no es un canal grande de paso, lo más probable es que los clavos cuando menos rozasen la membrana fibrosa adherida al hueso, lo que provocaría un intensísimo dolor.

Y también es probable que rozasen o atravesasen el nervio mediano, lo que produciría unas fuertes descargas de un tipo de dolor que irradia a todo el brazo, además de parálisis en la mano, desgarros y contracciones musculares.

A todo eso es posible que hubiese que sumar también isquemia (falta de circulación sanguínea) que supone un intensísimo dolor que se extiende por el brazo y llega hasta el hombro. Además, le provocaría la flexión permanente del dedo pulgar.

Lo mismo ocurría con los pies, que sufrirían dolores muy similares al lesionar el nervio peroneo, con similares consecuencias a las que acabamos de escribir en las extremidades superiores.

Respiración y asfixia

Quizás haya escuchado alguna vez la explicación de que el crucificado tenía que hacer unos esfuerzos increíbles para levantar todo el cuerpo sobre las manos y los pies clavados al madero para tomar aire.

Pero no es exactamente así, porque en el caso de una persona crucificada el proceso se invierte. La postura completa de la crucifixión favorece la inspiración. No hay que hacer apenas esfuerzo para que el aire entre.

Pero sacar el aire de los pulmones se convierte en un martirio. Expulsarlo sí que obliga a elevar el cuerpo apoyando los pies en el clavo, flexionando el codo, intentando acercar los hombros… Y cada uno de esos movimientos intensifica los fuertes dolores que hemos descrito antes en cada nervio tocado por los clavos.

La consecuencia del tremendo esfuerzo necesario es que las inspiraciones son sólo superficiales y Jesucristo necesita someterse al martirio de elevarse cada vez mayor frecuencia. Y ni aun así logra evitar la insuficiencia respiratoria que según vaya siendo más grave, irá acompañándose por calambres musculares motivados por la escasez de oxígeno.

La muerte

El grito final con el que el Evangelio dice que Jesucristo “expiró” podría ser el acto reflejo de un dolor de fortísima intensidad provocado por un infarto masivo que incluso pudo llevar aparejada la rotura de la pared del miocardio.

Sería la más que probable causa final de la muerte.

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